La noche de las patronales 3-.


POR: AMBIORIX POPOTEUR – Asesor de Impuestos. Reside en Santo Domingo.

Material enviado pro Juan Pablo Bourdierd.


En Sabaneta, las Patronales no eran fiesta solamente: eran destino, costumbres arraigadas, veneración y reencuentros.

Llegaban cada año al final del ardiente verano, con el estruendo de las anunciadoras, las actividades culturales y los juegos de todo tipo. 

Costumbre septembrina de celebración mariana, que alguna vez un cura español intentó cambiar de patrono y de fecha.

Aquella noche el parque estaba vestido de luces, bombillas de colores, banderines, risas, tambora, güira, acordeón, amoríos y celebraciones por doquier.

El cielo, despejado, dejaba ver una luna entera, blanca, redonda, como si quisiera presenciar también la historia.

Simón llegó temprano, de pantalón blanco y camisa almidonada, con olor a fragancia de moda. 

Con presentimientos y augurios de que esa noche iba a pasar algo importante.


Tenía ese aire de hombre que se prepara sin admitirlo, como quien va a un examen con la mente en blanco, y el profesor en contra.

Rafaelito llegó después, de traje oscuro, zapatos recién lustrados, cabello peinado hacia atrás.

Era raro verlo así, sin grasa de taller ni mangas remangadas. Parecía otro, pero con los mismos ojos inquietos y la misma malicia. 

Se veía resuelto con intenciones y ademanes de que ya sabía lo que tenía que hacer.

Te tiraste el armario dijo Simón, medio sonriendo. Hay que respetar a la Virgen respondió él. Y hay que respetar las oportunidades… aunque no vengan dos veces.

Simón quiso contestar, pero la música subió de golpe: merengue de orquesta, fuerte, poderoso, de esos que levantan hasta al más tímido, pensó para sus adentros…la suerte está echada, cual Julio Cesar cruzando el Rubicón, allá en la Galia, que posteriormente sería la Italia de hoy.  

Y entonces, cómo dictado por el destino, apareció Manuela. No venía de flores ni con colonia de domingo. Venía de mujer, resuelta y hermosa, cual princesa de la realeza europea.  

Vestido blanco, ligero, simple, pero con un filo de elegancia natural. Cabello recogido, un prendedor pequeño. Nada ostentoso, nada exagerado: justo como ella. El parque entero se detuvo por un segundo, o así lo sintieron Simón y Rafaelito.

Buenas noches dijo ella, y no hizo falta nada más.

Buenas noches, Manuela, dijeron ellos al unísono, como si lo hubieran ensayado, sonrió, y ese gesto pareció encender la noche entera y se atrevió a decirles. ¿Bailan? preguntó. La palabra cayó simple, pero cargada. 

Simón quiso adelantarse, pero Rafaelito fue más rápido. Yo la invito primero dijo, ofreciéndole la mano. Ella dudó una décima de segundo. Luego aceptó.

Rafaelito tomó su cintura con cuidado. El Compadre Pedro Juan, merengue que sonaba, los envolvió.

Ella giró, ligera; él la siguió con precisión. Parecían hechos de ritmo. Simón los miraba desde la orilla del baile, con los brazos cruzados, pero el corazón abierto, herido y vivo.

¡Vamos, maestro! gritó Juan el del colmado, dándole un empujón amistoso. ¡Si no bailas, no estás en nada! Simón sonrió sin ganas, pero aceptó. 

Bailó con una muchacha del barrio, morena, simpática, que hablaba mucho. Él apenas oía, porque su pensamiento estaba en otra parte. 

Su mirada no podía despegarse de ella. La dama que bailaba con él se aburrió y lo dejó solo.

La música cambió, comenzó un bolero, y los bailadores se acercaron más, bajaron el paso, la voz del cantante se volvió melosa.

Rafaelito regresó a Manuela. ¿Otro? dijo él, ya sin sonreír. Ella respiró hondo. Miró hacia donde estaba Simón. Luego volvió la mirada a Rafaelito, accedió y la música los atrapó, bailaban lento, pegados. 

Él bajó la voz y le dijo. Yo no soy poeta murmuró. Pero tú sabes lo que yo siento.

Ella apretó un poco su mano, no por amor, sino por cuidado. Rafaelito…susurró. No me pongas entre ustedes dos. No estás en el medio respondió él. 

Él es el que no se atreve. Ella cerró los ojos. Un segundo apenas. El bolero siguió, y las luces del parque parecían girar en torno sólo a ellos. 

Pero al abrir los ojos, los vio: Simón, de pie, sudoroso y en silencio, mirando sin reproche, sin rabia… sólo con pena. Rafaelito notó su mirada. Detuvo el paso. Manuela, dijo, separándose despacio. 

Baila con él. Ella lo miró sorprendida. Rafael…Ve insistió. Él te mira desde antes que yo.

Y sin decir más, la soltó. Ella avanzó, despacio, hasta llegar frente a Simón.

¿Bailas? preguntó ella. Simón tragó saliva, dolor y aire. Sintió en el pecho una especie de contracción como cuando uno tiene algo grande que quiere dejar salir. Sí respondió.

La tomó con torpeza primero, luego con calma. Ella puso la mano en su hombro, y el mundo pareció quedarse quieto, Simón cambiaba de color y le temblaban las extremidades. No deberíamos, dijo ella, sin levantar la voz. No sé respondió él. 

Pero estoy aquí, dime. Ella lo miró, de esa forma que solo las mujeres sinceras saben mirar. Tú nunca hablas, susurró. Es que, si hablo, tiemblo dijo él. 

Ella sonrió, triste y dulce al mismo tiempo. Y si callas… duele. Él bajó un poco la cabeza.  No quiero perder ni el baile dijo… ni lo otro. 

Ella no preguntó qué era lo otro. Ya lo sabía. El bolero terminó suave. Se separaron despacio, como quien guarda una flor sin romperla.

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