Por Néstor Estévez.
Cuentan que la expresión “buchipluma”
tiene su origen en el develado de un intento de engaño.
Sencillamente, cuando alguien quería
vender gallinas flacas se las ingeniaba, llenándoles el estómago (buche) con
mucho maíz y le rociaba agua fría. Con ello lograba que el agrandamiento del
estómago diera la impresión de gordura, y que el ave procurara calentarse
mediante la separación de sus plumas, apareciendo con un tamaño exagerado.
La artimaña quedaba descubierta cuando
quien compraría, al tener el ave en las manos, se encontraba que realmente era
una gallina flaca con una apariencia disimulada por el buche agrandado y por
las plumas separadas. Se trataba de buche y plumas nada más. Con la vieja
costumbre de acortar las palabras, se asumió expresar “buchipluma na’ má’”.
De la delación de la mentira, la expresión
pasó a tener significado de “solo palabras” o “palabras sin acciones”; es
decir, palabras con escaso o ningún valor. Así, ante alguien que muestra
incoherencia entre lo que dice y lo que hace, se suele expresar: “tú eres
buchipluma na’ má’”.
Esto ha de servirnos para reflexionar
sobre el valor de las palabras. Sobre el tema podría escribirse muy
ampliamente, pero quizás convenga hacer acopio, precisamente, de un iluminado
pensamiento sobre las palabras, el del poeta inglés Alexander Pope, cuando ha
dicho que “Las palabras son como las hojas; cuando abundan, poco fruto hay
entre ellas”. Procuremos expresar de forma breve lo valioso de no ser
“buchipluma na’ má’”.
Las palabras son expresión del
pensamiento. Si no existieran las palabras, ¿cómo nos la ingeniaríamos para que
los demás conozcan lo que pensamos? ¿Cómo haríamos para ponernos de acuerdo?
Sencillamente, primero de forma oral y
luego escrita, las palabras han servido para expresar y estimular el
pensamiento, para lograr entendimiento y construir comunidad, para poner en
común ideas, anhelos y sueños, para transformar el entorno y construir una
nueva realidad.
Como dato curioso se refiere a William
Shakespeare. Con todo y las variantes que actualmente condicionan la verdad, se
cuenta que, cuando Shakespeare no hallaba la palabra adecuada, la inventaba, y
que así logró dar vida a unas 1,700 palabras nuevas en la lengua inglesa.
Muchos estudiosos se han encargado de
contar las palabras que solemos usar las personas. Así han determinado que la
cantidad de palabras que usa una persona para comunicarse guarda una relación
directamente proporcional con su nivel de manejo del idioma y, en consecuencia,
de entender y hacerse entender por los demás.
Así encontramos personas que cuentan en su
haber con unas 20,000 palabras activas y unas 40,000 pasivas. Hace unos años
que la Real Academia Española estableció en más de 93,000 la cantidad de
palabras de nuestro idioma. Pero también encontramos a quienes se manejan con
escasas docenas de palabras, máxime en un tiempo en el que “to’ e’ to’ y na’ e’
na’”.
Por eso descubrimos a quienes,
aprovechándose de su gran conocimiento de las palabras y de su uso, se
concentran en cuidar las formas para disimular el daño que provocan a los
demás. Por eso encontramos a quienes pierden tantas oportunidades por su gran
limitación en el conocimiento y uso de las palabras.
Esto nos lleva a dos ámbitos: De un lado,
quien, conociendo y usando las palabras, tira por la borda su valor,
demostrando que es “buchipluma na’ má’”. De otro lado, quien, por sus
limitaciones en el conocimiento y uso de las palabras, ve muy restringidas sus
posibilidades para dar a conocer sus sentimientos y pensamientos.
Entre uno y otro extremo tenemos un
amplísimo campo de oportunidades para iniciar por conocer las palabras,
reconocer y recordar su real valor (que termina siendo referente del valor
nuestro) y adentrarnos en el más adecuado uso de una herramienta que, además de
facilitarnos la existencia, es reflejo de nuestra esencia y de nuestros valores
como seres humanos.
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